Santander (EFE).- La asociación Nueva Vida celebra su 25 aniversario en Cantabria, un cuarto de siglo con el que renueva su compromiso con presos, víctimas de trata o personas sin hogar, para darles una «segunda oportunidad», pero también una «tercera, cuarta o quinta» y «las que hagan falta».
Los orígenes de Nueva Vida surgen de la conexión entre Julio García, un párroco evangélico cántabro, y Jesús Jiménez, un preso de la cárcel provincial de Santander, que fue el primer usuario de esta asociación sin ni siquiera estar formada.
En una entrevista con EFE, Jesús Jiménez relata su periodo entre rejas, un «momento triste, de confusión», tras cometer un «error» en su vida. «Te cierran la puerta y suena fuerte», explica.
¿Cómo empezó Nueva Vida?
En esos años, Julio García llevaba una vida parroquial «cómoda», cuando en 1995 las hermanas de Jesús le pidieron que fuera a ver a Jesús a prisión. Lo que empezó siendo un día aislado, terminó con visitas periódicas para verle a él y a otros presos.
«Ahí vino el pastor con cara de amigo con una sonrisa», cuenta Jesús, quien expone cómo al salir de prisión se «agarró de la mano» de Julio, para poder acceder a una formación y empezar a trabajar en la construcción, un sector del que no tenía «ni idea».
Años después, decidió fundar su propia empresa, en la que, siguiendo el ejemplo de la asociación con él, empezó a emplear a otros presos y a regularizar a inmigrantes sin papeles, dándoles un trabajo.
Así, se convirtió en una del centenar de empresas del sector de la construcción, hostelería, o servicios, que colaboran con Nueva Vida.
Dada su experiencia, Jesús Jiménez defiende que, asociaciones como Nueva Vida, den respaldo a los presos al salir de la cárcel. «El que entra allí, cuando sale, puedo decirte que sale más rebelde y con más contactos», asegura.
«Son gente que es verdad, que han tenido un error, pero ¿quién no lo ha tenido?», se pregunta este empresario, quien opina que, en esa situación, se necesita «un apoyo» de alguien que «no te va a juzgar».
Un puente entre la cárcel y la sociedad
Después de la experiencia con Jesús, en 1998, Julio García formó la Asociación Nueva Vida, ideada como un «puente» entre una sociedad civil y unas cárceles que, lamenta, «cada vez están más fuera de la ciudad y con paredes más altas».
De estos 25 años, destaca los últimos cinco, en los que Nueva Vida «ha crecido muchísimo» y lo que comenzó como un trabajo voluntario, ahora se ha profesionalizado.
Aunque nació en el sector penitenciario, la asociación trabaja, en la actualidad, en diversos ámbitos como la atención social, el apoyo a situaciones de emergencia social, la formación y el empleo, la reeducación en el medio penitenciario o la detección del VIH en contextos de prostitución.
También cuenta con programas de acogida, con itinerarios más largos y una atención integral y personalizada a los usuarios.
Del total de personas atendidas, un 19 por ciento son población penitenciaria; un 25 % mujeres en contextos de prostitución; un 43 %, refugiados y, finalmente, un 13 % de personas sin hogar.
«Creemos en la segunda oportunidad, la tercera, cuarta y quinta», afirma Julio García, quien confiesa la necesidad de «empatizar» con los presos.
«A veces no veo su delito, veo a una persona que se ha equivocado», subraya García, quien considera que cuando un ser humano «paga su condena, tiene derecho a una nueva vida como todo el mundo».
Un cuarto de siglo después, dice sentir la «alegría» de haber ayudado a «muchas personas», aunque defiende no hacer «propaganda» con los seres humanos.