Rebeca Palacios/Anguiano (La Rioja) (EFE).- Los ocho danzadores de Anguiano se han vuelto a lanzar por la empinada y empedrada cuesta de esta localidad riojana, encaramados a unos zancos de madera de medio metro de altura mientras giraban sobre sí mismos en un vertiginoso y espectacular baile multicolor.
Centenares de personas se han apiñado en los laterales de la Cuesta de los Danzadores para presenciar esta tradición que ya supera los 400 años, declarada fiesta de interés turístico nacional en 1970.
En esta ocasión han participado ocho jóvenes de entre 15 y 28 años, todos veteranos menos el más joven, Marcos Prada, quien se estrenó como prueba en las fiestas del pasado mes de mayo y que, según ha relatado a EFE, sus compañeros le han aconsejado que mire arriba, se busque un buen atador y disfrute de la experiencia.
Para Pablo Muñoz, de 24 años, estas son las décimas fiestas en las que se lanza por la cuesta, «hoy menos nervioso que ayer», ha relatado a EFE.
«El truco para no caerse es mantener la calma y mirar a un punto fijo para no marearte», ha explicado antes de revivir esta tradición centenaria.
Los danzadores, que reflejan la adrenalina en su rostro durante toda la bajada, han aguantado sobre los zancos sin caerse, con algún tropezón, pero los congregados en los laterales de la cuesta les han sujetado para mantenerles en pie.

Girando al son de las castañuelas
Esta ha sido la segunda de las cinco bajadas que se realizan durante las fiestas patronales en honor a Santa María Magdalena de este municipio, de unos 490 habitantes y situado a unos 45 kilómetros de Logroño.
Después de la procesión y la misa, los ocho danzadores han escenificado su arriesgado baile, dando vueltas sobre sí mismos al tiempo que tocan las castañuelas al son de dulzainas y tamboriles.
Aunque algunos antropólogos datan el baile de la época celta o precristiana, el primer documento escrito en el que aparece mencionada la danza de Anguiano es en el ‘Libro de acuerdos y decretos del 30 de mayo de 1603’ y, según las referencias de este manuscrito, el origen de este baile podría deberse a un acto iniciático a la edad adulta.
Tradicionalmente, los danzadores han sido siempre varones, aunque podrían participar mujeres si así lo desean.

Un ritual con danzadores retirados
Antes de cada descenso, se desarrolla un ritual en el que los danzadores veteranos, ya retirados, ayudan a los jóvenes a atarse los zancos con cuerdas a las piernas.
Los zancos, que se elaboran artesanalmente con madera de haya, se amarran primero al pie y después a las piernas a la altura de las rodillas, donde quedan protegidas con unas almohadillas para amortiguar el impacto de los saltos.
Los ocho van ataviados con una camisa blanca, un chaleco de bandas horizontales en azul, roja, rosa, verde, amarilla y marrón; y un pantalón negro rematado en la rodilla con una cinta de color.
Pero lo más espectacular de la vestimenta de los danzadores es la amplia falda amarilla, que se ahueca como una campana y les da estabilidad mientras giran cuesta abajo.
El conjunto festivo se completa con una faja azul, unas medias blancas, unas alpargatas de esparto y unas castañuelas de madera de boj.