Al artesano Rodrigo Riveiro la inspiración le llegó de una forma extraña: tras romper un plato de su suegra. EFE/Xurxo Martínez

Rodrigo Riveiro, de romper un plato a crear joyas únicas en Galicia

Carlos Alberto Fernández |

Santiago de Compostela (EFE).- Al artesano Rodrigo Riveiro la inspiración le llegó de una forma extraña: tras romper un plato de su suegra. Lo reutilizó y convirtió en joya y, a partir de ahí, consolidó su relación laboral con la orfebrería, confirmada cuando conquistó el premio Artesanía de Galicia en 2017.

Hasta entonces, tal y como explica en una entrevista con EFE desde su taller en Teo (A Coruña), su vínculo con la joyería había seguido un camino de altibajos.

Desde pequeño se había interesado por los productos artesanales y empezó con el cuero «por ser accesible y apenas necesitar herramientas».

Al artesano Rodrigo Riveiro la inspiración le llegó de una forma extraña: tras romper un plato de su suegra.
Al artesano Rodrigo Riveiro la inspiración le llegó de una forma extraña: tras romper un plato de su suegra. EFE/Xurxo Martínez

Después, estudió Joyería Artística en la Escola de Artes Aplicadas e Oficios Artísticos ‘Mestre Mateo’ de Santiago de Compostela, pero tampoco acabó de cuajar. Quedó «quemado» de la joyería industrializada en su primer trabajo y dio un giro a su vida laboral: pasó al mundo audiovisual tras formarse como técnico y operador de cámara.

La orfebrería se convirtió entonces en una afición, una «forma de desconectar» del trabajo en su taller, aunque no se detuvo. Hacia 2014, «para salir de la orfebrería tradicional de Santiago y abrir nuevos mercados», sacó adelante su primera colección, de aperos de labranza con madera y plata.

«Una maleta pequeña, fácil de transportar»

«Empezó a funcionar» y después un percance con la moto le hizo «reflexionar». Dejó el audiovisual, se hizo autónomo y empezó a llevar a las ferias aquella colección única que tenía. Solo iba con «una maleta pequeña, fácil de transportar».

Su carrera sufrió un punto de inflexión en 2016, «por casualidad». Fue cuando rompió un plato, con valor sentimental, que su mujer tenía en casa y que había sido de su suegra. Lo iba a tirar a la basura, pero lo dejó en su taller. «Con esto puedo intentar algo para el recuerdo», pensó.

Sabía de una técnica milenaria en Japón, ‘Kitsugi’, para volver a unir piezas de lozas rotas por medio de una pasta con oro en polvo. La filosofía de ese procedimiento le sedujo, «la leyenda de que una herida que sanó es difícil que vuelva a abrir». Pero tiró por su «propio camino» porque en su caso no se trataba de restaurar la pieza rota, sino de reutilizarla.

Empezó a hacer pruebas y logró engarzar un colgante que regaló a su pareja. Ver cómo ella se emocionaba le convenció de que «era buena idea». De aquel plato de «cerámica viejo», británico, con una escena de caza y color azul cobalto, surgieron más colgantes y pendientes.

Vajillas quebradas

Los anticuarios que hasta entonces frecuentaba para ver muebles y herramientas fueron, inicialmente, sus proveedores. La condición era que las vajillas se hubieran quebrado, porque él rechazaba la idea de romperlas, aunque confiesa que ha hecho alguna excepción.

La primera fue «hace unos años» cuando una clienta le llevó una taza antigua entera, la única que tenía de su abuela, con la intención de crear piezas para ella y sus dos hermanos. Como no se daba la condición de estar rota, fue la propia mujer la que la quebró.

Al artesano Rodrigo Riveiro la inspiración le llegó de una forma extraña: tras romper un plato de su suegra
Al artesano Rodrigo Riveiro la inspiración le llegó de una forma extraña: tras romper un plato de su suegra. EFE/Xurxo Martínez

Con todo, en las ferias a las que iba a la gente le «parecía» que sus elaboraciones eran caras (desde 25 euros unos pendientes y desde 65 los de loza) en comparación con otras menos artesanales que se ponían a su lado. Hasta que otros artesanos le sugirieron que explicara «el proceso que había detrás» de las creaciones.

Si romper un plato le ayudó, lo que acabó por confirmarle fue su participación en la feria de artesanía de Agolada en 2017, aunque para eso tuvo que renunciar al festival Resurrection Fest de Viveiro, al que era fiel. Y se dio un ultimátum: «Si no funcionaba, le daría una vuelta o cerraría el taller».

Pero funcionó. Tuvo la aceptación del público, aunque sobre todo valoró que «otros artesanos» se le acercaban para interesarse por sus joyas. Ese año se presentó a los premios de Artesanía de Galicia y lo ganó con ‘A cunca en minifundio’.

Cualquier duda quedó disipada y hoy Riveiro sigue produciendo desde Teo (A Coruña) con los precios de hace diez años, de cuando subió a internet esas primeras joyas únicas que salen de su taller.