Paula Boira Nacher

Madrid, 15 nov (EFE).- El 20 de noviembre de 1975 todos los españoles escucharon el famoso ‘Franco ha muerto’, una noticia que los periodistas llevaban semanas esperando mientras montaban guardia en el Hospital de La Paz, y para la que la Agencia EFE tenía preparada una necrológica que nunca llegó a publicarse.

Sí se publicó, en cambio, la fotografía del cuerpo del dictador dentro del ataúd descubierto durante su velatorio en el Palacio de El Pardo, en la que también aparecen Carmen Polo de Franco y su hija, la marquesa de Villaverde, y cuya autoría fue desconocida durante años, pero que finalmente se ha confirmado que fue tomada por el fotógrafo de EFE Ángel Millán.

«Es la foto más próxima que hice a Franco. Hasta entonces nunca le había hecho fotos, porque yo trabajaba en el laboratorio digital de la unidad móvil, revelando fotografías, y estaba acreditado con una credencial que ponía ‘para trabajar a distancia’, que era para gente que no teníamos acceso a hacer fotos al dictador», afirma el fotógrafo en una entrevista con EFE.
Millán asegura que fue consciente de estar fotografiando «el fin de una era», algo que, concreta, ya se venía barruntando desde el ingreso de Franco en el hospital.
«Ese noviembre se vivió con preocupación por tener información y por contrastarla, porque llegaba mucha, con nervios y a veces enfado cuando no dábamos una noticia», coincide el exdirector de Información Nacional de EFE Manuel R. Mora, quien apunta que, al margen de lo que pasaba en las redacciones, el ambiente que se respiraba en la calle era el de «un país en ascuas».
En la memoria de ambos periodistas destacan las guardias de los medios de comunicación en el Hospital de La Paz.
Para Millán, que estuvo siguiendo la evolución del dictador en el vestíbulo de la clínica «prácticamente día y noche», aquellas jornadas significaron el inicio de su vida como fumador.
«Yo nunca había fumado, en la vida, pero al estar en La Paz tanto tiempo, los compañeros me ofrecían cigarros. Yo les decía que no, que no fumaba, pero al final me pusieron a fumar, y estuve tres años fumando», rememora.
Junto a él, redactores como Concha Bordona, Cristino Álvarez o Manuel Molares esperaban la noticia, aunque, como apunta Mora, aquel era un trabajo «complicado», ya que las fuentes estaban «muy cerradas».
Bordona fue una de las pocas mujeres periodistas que estuvieron al pie del cañón en La Paz: «Yo me pasaba allí toda las tardes de las seis a las 11. En ese vestíbulo nos reuníamos los periodistas, pero también espías, desde la guardia de Franco hasta la Guardia Civil».
«A veces había hombres que se ponían a leer el periódico detrás de la prensa, y sabías que no eran reporteros. Una vez uno vino a hablar con nosotros y le pregunté de qué medio era, pero no supo responder», cuenta la periodista, quien consiguió que aquel hombre acabara confesando que se dedicaba a informar a las autoridades de todo lo que hablaba la prensa.
También logró ser una de las primeras en ver vacía la habitación donde había estado ingresado Franco, en la sexta planta del hospital, adonde llegó haciéndose pasar por una pareja despistada junto a un compañero. En la habitación contigua descubrió que estaban los teletipos de la agencia.
A Bordona le funcionaba muy bien «hacerse la ingenua» para conseguir información. «Era algo que funcionaba mucho en la época», asegura a EFE la periodista, quien no sintió que, en su caso, el hecho de ser mujer le afectara a la hora de ganarse la confianza de las fuentes, ya que su presencia era la «novedad», y eso le facilitaba el trabajo.
«Las guardias en La Paz eran importantes, pero la información a veces no se tiene en el sitio donde está ocurriendo el hecho, sino que llega por fuentes externas que sí tienen conocimiento de lo que está pasando y a las que los reporteros que están en el sitio no tienen acceso», explica Mora.
Esa fuente, en el caso del exdirector de Nacional, era el coronel Joaquín Echevarría, quien le llamó la madrugada del 20 de noviembre para darle la noticia, aunque Bordona le había avisado unas horas antes de que el hijo del embalsamador del dictador, un chico con el que había bailado un fin de año, había llegado a La Paz.
«Echeverría me llamó y me dijo «ya», que significaba que ya se había muerto. Inmediatamente llamé a EFE. Lo cogió el jefe de noche, Javier María Pascual, a quien le dije que ya podíamos dar la noticia. Colgué e hice unas cuántas llamadas, porque tenía el compromiso de avisar a algunos amigos míos, entre ellos el periodista mexicano Joaquín López Dóriga», recuerda.
Tras hacer las llamadas pertinentes, se duchó y cogió un taxi a la redacción: «Yo daba por hecho que la información ya estaba en las terminales de los periódicos. Tardé como media hora, pero cuando llegué solo hacía unos pocos minutos que se habían dado la noticia porque Pascual no se atrevió a darla y quiso hablar con el director de la agencia antes».
Los que sí consiguieron dar la exclusiva de la salida del féretro de Franco de La Paz fueron Bordero y su compañero Julio Fernández, quienes tras enterarse de que iban a sacar el ataúd por la puerta trasera, localizaron una cabina telefónica cercana y la bloquearon diciéndole a quienes se acercaban que estaba estropeada, para así poder avisar a la redacción lo más rápido posible y sin interferencias.
«Las comunicaciones del hospital con la agencia estaban totalmente controladas. De hecho, habían puesto una unidad móvil de Telefónica en la entrada del hospital, y los periodistas íbamos a llamar ahí. Teníamos que localizar cabinas para ser los primeros en dar las noticias», subraya Bordero.
A Mora lo que más le pesa de aquellos días es haber perdido una necrológica de Franco que escribió el, por aquel entonces, presidente del Consejo de Administración de EFE, Manuel Aznar, el abuelo del expresidente del Gobierno José María Aznar, fallecido diez días antes que el dictador.
«Me entregó una necrológica que había escrito sobre el general Franco, como le llamaba él. Eran 12 folios, larguísima, nunca antes habíamos dado una necrológica de esas dimensiones, y me dijo que lo diera en el momento de su muerte y no antes. Por curiosidad la hojeé por encima. Estaba muy bien escrita y era elogiosa, pero había un tono que no cuadraba con los elogios», evoca.
No obstante, nadie más llegó a leer ese teletipo. Dos o tres días después de la muerte de Aznar, el director de la agencia, Alejandro Ernesto, le pidió a Mora que le entregara la necrológica porque no iba a publicarse.
«Me quedé entristecido porque creía y sigo creyendo que ese documento tendría que haberse conocido. No volví a saber nunca más nada de esa nota, no sé si se la dio a la familia, si la destruyó… pero sí creo que se perdió la oportunidad de haber difundido un documento que yo entendía que era importante», lamenta.
Enterrado el dictador, apunta Mora, la agenda mediática empezó a girar rápidamente en la dirección de descubrir la España que iba a surgir después. «Notábamos que se estaba moviendo el país hacia otra parte, que no teníamos todavía claro hacia donde», resuelve.
Sobre quién dio la noticia de la muerte de Franco primero, el periodista quita hierro al asunto.
«Lo de si nosotros fuimos los primeros en dar la noticia o fue Europa Press es una polémica que tenía su gracia en esos días, pero que pasado el tiempo es una cosa que no tiene mayor importancia porque todos sabíamos que Franco iba a morir», alega Mora, quien defiende que, en todo caso, el primero en dar la primicia fue López Dóriga, enviado especial de la televisión mexicana Televisa y a quien había llamado para darle la información.
Para Mora, a los españoles lo que les importaba era que Franco había muerto, y la discusión sobre quién lo anunció primero solo se entiende por el «ego profesional».